La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —SÃ.
—¡Pues bien, lárgate!
—Oye —dijo el sentencioso Farolet—, pasa por la calle Soissons, y avisa al doctor Raynal, que tiene que dar fe de la muerte de la tÃa Angélica, que ha fallecido de repente.
—¿Lo oyes?
—SÃ, madre —contestó el chicuelo.
Y emprendió la carrera hacia la calle de Soissons, prolongación de la de Pleux.
El número de curiosos se habÃa ido aumentando, y se contaban ya en la puerta cerca de cien personas; cada cual daba su opinión sobre la muerte de la tÃa Angélica: unos pensaban que provenÃa de una apoplejÃa fulminante, otros que de un ataque al corazón; no faltó quien la atribuyese a una consunción extrema.
Pero todos estaban de acordes cuando murmuraban:
—Si Pitou no es torpe, ya encontrará alguna buena trucha en la última tabla del armario, o de un tarro de manteca, o entre la paja del jergón, o en una media vieja.
Al fin llegó el doctor Raynal, precedido del recaudador general.
Iba a saberse de qué habÃa muerto la tÃa Angélica.