La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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El doctor se acercó a la cama, examinó a la que en ella estaba, oprimió con su mano el epigastrio y el abdomen y declaró, con grande admiración de cuantos se hallaban presentes, que la tía Angélica había muerto de frío, y probablemente de hambre.

Las lágrimas de Pitou corrieron de nuevo al oír esta declaración.

—¡Ah!, pobre tía mía, pobre tía —exclamó—, ¡y yo que la creía rica! ¡Pícaro de mí, que la abandoné!… ¡Si yo lo hubiera sabido! ¡Eso no es posible, señor Raynal, eso no es posible!

—Buscad en la artesa y veréis que no hay pan; buscad en la leñera y veréis que no hay leña. ¡Ya le había yo predicho que moriría así, la vieja avara!

Se buscó; no había ni una viruta en la leñera, ni una miga en la artesa.

—¡Ah! ¿Por qué no me lo decía? —exclamó Pitou—. Yo hubiera ido al monte para que tuviera fuego, y hubiera tendido mis lazos para darla de comer. ¡También vosotros tenéis la culpa! —continuó el pobre mozo, acusando a los que allí estaban—, ¿por qué no me decíais que estaba tan miserable?

—Pues es muy claro, señor Pitou —dijo Farolet—: No os lo decíamos porque todo el mundo la creía rica.

Después de echar las sabanas sobre la cabeza de la muerta, el doctor se dirigió a la puerta.


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