La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—¡Ah!, ya comprendo —dijo Catalina—, antes de que el nuevo propietario llegase, habéis querido traerme por última vez aquí para que todos esos antiguos servidores me diesen su despedida. ¡Gracias, Pitou!

Y dejando el brazo de su esposo y la mano del pequeño Isidoro, salió al encuentro de toda aquella buena gente, que la rodeó y la condujo a la gran sala de la granja.

Pitou cogió al pequeño Isidoro en brazos —el niño tenía siempre los dos papeles en su mano— y siguió a Catalina.

La joven estaba sentada en medio de la gran sala, frotándose la cabeza con las dos manos, como quien quiere despertar de un sueño.

—En nombre de Dios, Pitou —dijo con los ojos extraviados y la voz febril—, ¿qué me dicen aquí, amigo mío? No comprendo ni una palabra.

—Tal vez los papeles que el niño os entregará ahora os dirán, algo, querida Catalina —contestó Pitou.

Y empujó a Isidoro hasta su madre.

Catalina tomó los dos papeles de las manitas del niño.

—Leed —dijo Pitou.

Catalina, desdoblando uno de los papeles, leyó:


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