La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Catalina suspiró, siguió adelante; pero al llegar al sauce, dijo:
—Volvamos, os lo suplico.
Pero Pitou, poniendo la mano sobre el brazo de la joven, dijo:
—Nada más que otros veinte pasos, señorita Catalina; no os pido más que esto.
—¡Ah! —murmuró la joven con acento de queja tan doloroso, que Pitou se detuvo a su vez.
—¡Oh!, señorita —dijo—. ¡Y yo que creía haceros tan feliz!
—¿Creíais hacerme feliz, Pitou, enseñándome de nuevo la granja dónde fui criada, que ha pertenecido a mis padres, que debía ser mía, y que, vendida ayer, pertenece ahora a un extraño cuyo nombre ni siquiera sé?
—¡Señorita Catalina, veinte pasos más; no os pido más que esto!
En efecto, después de estos veinte pasos, y al doblar el ángulo de una pared, se veía la gran puerta de la granja.
En aquella puerta estaban agrupados todos los antiguos jornaleros, mozos de arado, mozos de cuadra, criadas de la granja, y el padre Clouis a la cabeza.
Cada cual tenía un ramo en la mano.