La Condesa de Charny
La Condesa de Charny El segundo hombre, al contrario del primero, que tenÃa las piernas cortas y torcidas, parecÃa una garza subida en zancos; la semejanza con el ave que acabamos de compararle era tanto mayor cuanto que, jorobado como ella y con la cabeza completamente perdida entre los hombros, no se distinguÃa esta sino por dos ojos, que parecÃan dos manchas de sangre, y por la nariz, puntiaguda como un pico. Hubiérase creÃdo a primera vista que, asà como la garza, tendrÃa la facultad de prolongar su cuello, como un resorte, para hacer daño a cierta distancia; mas no era asÃ; solamente sus brazos estaban dotados de la elasticidad que faltaba al cuello, y sentado como se hallaba, le habrÃa sido suficiente prolongar el dedo, sin la menor inclinación de su cuerpo, para recoger un pañuelo que se le acababa de caer, después de enjugar su frente humedecida a la vez por el sudor y la lluvia.