La Condesa de Charny

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El tercero, o la tercera, como se quiera, era un ser anfibio, cuya especie se podía reconocer muy bien; pero era difícil distinguir el sexo. Era hombre o mujer de treinta a cuarenta años, que llevaba un elegante traje de pescadera, con cadenas de oro, pendientes de lo mismo y pañuelo de blonda. Sus facciones, en cuanto podían distinguirse a través de la capa de blanquete y de colorete que las cubría, y de las moscas de todas formas que parecían constelaciones en aquella, estaban ligeramente gastadas, como se nota en las razas vulgares. Cuando se habían visto una vez, y cuando su aspecto inspiraba la duda que acabamos de expresar, se esperaba con impaciencia que su boca se abriese para pronunciar algunas palabras, considerándose que el sonido de su voz comunicaría a toda su persona dudosa un carácter por el cual sería posible reconocerla. Pero no era así: su voz, que parecía de soprano, dejaba al curioso y al observador más profundos sumidos en la duda respecto a su persona; el oído no explicaba el aspecto ni completaba el conjunto.

Las medias y los zapatos de los hombres, así como los de la mujer, indicaban que recorrían las calles hacía largo tiempo.

—Es extraño —dijo Gamain—; me parece que conozco a esa mujer.


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