La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—En todo caso, señor, a cualquier hora y a la primera palabra, el Rey me encontrará dispuesto —dijo el Marqués inclinándose, pues temía que su presencia, que había producido aquella especie de conflicto entre la Reina y el Rey, acabase por fatigar a este último—. Tan sólo puedo ofrecer la vida a mi soberano, y no diré que se la ofrezco, sino que siempre tuvo y tendrá derecho para disponer de su existencia que le pertenece.

—Está bien, caballero —dijo el Rey—, y en todo caso ratifico, respecto a la Marquesa y a vuestra familia, la promesa que os ha hecho la Reina.

Esta vez, aquello era una verdadera despedida; el Marqués debió conformarse, y por más que tal vez hubiera querido insistir, no encontrando más estímulo que la mirada de la Reina, se retiró de espaldas.

María Antonieta le siguió con la vista hasta que el tapiz cayó detrás de él.

—¡Ah!, señor —dijo después, extendiendo la mano hacia el lienzo de Van Dyck—, cuando mandé poner ese cuadro en vuestra habitación, creí que os inspiraría mejor.

Y altiva como si no se dignara continuar la conversación, se dirigió hacia la puerta de la alcoba; pero deteniéndose de pronto, dijo:

—Confesad, señor, que el marqués de Favras no es la primera persona a quien habéis recibido esta mañana.


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