La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —No, señora, tenéis razón; antes de ver al Marqués he recibido al doctor Gilberto.
La Reina se estremeció.
—¡Ah!, lo sospechaba —exclamó—; y el doctor Gilberto, según parece…
—Opina como yo, señora, es decir, que no debemos salir de Francia.
—Pues si lo cree asÃ, señor, sin duda habrá dado un consejo que nos permita permanecer donde estamos como conviene.
—SÃ, señora, me ha dado uno; pero desgraciadamente le creo, si no malo, por lo menos impracticable.
—En fin, ¿qué consejo es ese?
—Quiere que compremos a Mirabeau por un año.
—¿Y a qué precio? —preguntó la Reina.
—Seis millones… y una sonrisa vuestra.
La fisonomÃa de la Reina tomó una expresión sumamente pensativa.
—En rigor —dijo—, tal vez serÃa este un medio…
—SÃ, pero un medio que rehusarÃais por vuestra parte, ¿no es verdad, señora?
—No contesto, señor —dijo la Reina, con esa expresión siniestra que el ángel malo toma cuando está seguro de su triunfo—; es cosa de pensarlo…
Y cuando se retiraba, añadió en voz más baja:
—Lo pensaré.