La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Una vez solo, el Rey permaneció de pie e inmóvil un instante, y después, como si temiera que la retirada de la Reina fuese simulada, dirigióse a la puerta por dónde había salido, abrióla, y con una mirada sondeó las antecámaras y los corredores.
Y como no viese más que la servidumbre, dijo a media voz:
—¡Francisco!
Un ayuda de cámara que se había levantado al ver que la puerta se abría y que estaba de pie esperando órdenes, se acercó al punto, vio al Rey entrar en su aposento, y siguióle.
—Francisco —dijo Luis XVI—, ¿sabéis dónde están las habitaciones del señor de Charny?
—Señor —contestó el ayuda de cámara, que no era otro sino aquel que llamado por el Rey después del 10 de agosto dejó huellas sobre el fin de su reinado—; señor, el conde de Charny no tiene habitaciones, sino solamente una buhardilla en la parte superior del pabellón de Flora.
—¿Y por qué una buhardilla a un oficial de tanta importancia?
—Se ha querido dar algo mejor al señor Conde, pero ha rehusado diciendo que aquello le bastaba.
