La Condesa de Charny
La Condesa de Charny A causa de esto, Charny, retenido la primera vez por una vaga esperanza nacida en medio de los peligros, como esas flores que se abren en los precipicios y perfuman los abismos, esperanza que instintivamente le había acercado a Andrea, y que ahora acababa de perder, aceptaba con afán una misión que le alejaba de la corte, donde le acosaba el doble tormento de ser amado aún por la mujer a quien no amaba ya, y de no ser amado todavía —o por lo menos lo pensaba así— de la mujer a quien amaba ahora.
Aprovechándose, pues, de la frialdad que en los últimos días se había producido en sus relaciones con la Reina, entraba en su aposento decidido a notificarle su marcha por una simple carta, cuando en su puerta encontró a Weber, que le esperaba.
La Reina quería hablarle y deseaba verle al punto.
No había medio de sustraerse a esta exigencia de la Reina, pues los deseos de las testas coronadas son órdenes.
Charny dio algunas a su ayuda de cámara para que enganchasen los caballos a su coche, y siguió los pasos al hermano de leche de la Reina.