La Condesa de Charny
La Condesa de Charny La Reina se engañaba: Charny no iba a casa de la Condesa.
Se dirigía a la posta real para que engancharan nuevos caballos a su coche.
Pero mientras se practicaba esta operación entró en la casa del jefe, pidió pluma, tinta y papel, y escribió a la Condesa una carta, que la envió por conducto del criado que se llevaba los caballos.
La Condesa recostada en su canapé colocado en el ángulo del salón y con un velador ante ella, se ocupaba en leer aquella carta, cuando Weber, según el privilegio de las personas que iban de parte del Rey o de la Reina, fue introducido en su presencia sin aviso.
—El señor Weber —dijo la doncella abriendo la puerta.
En el mismo instante se presentó Weber.
La Condesa dobló vivamente la carta que tenía en la mano y apoyóla contra su seno, como si el ayuda de cámara de la Reina llegase para cogérsela.
Weber desempeñó su comisión hablando en alemán: siempre era un gran placer para el buen hombre servirse de la lengua de su país, y sabido es que Andrea, que lo había aprendido en su juventud, llegó al fin, por su familiaridad con la Reina durante diez años, a poseer este idioma como si fuere el suyo propio.
