La Condesa de Charny
La Condesa de Charny No sucedía lo mismo con la Reina; prisionera en cierto modo en palacio, paseaba desde el pabellón de Flora hasta el de Marsan, para reprimir su impaciencia.
El conde de Provenza la ayudó a pasar una hora: había ido a las Tullerías para saber cómo había recibido el Rey al marqués de Favras.
El conde de Provenza estaba contento y lleno de confianza. El empréstito que negociaba con el banquero genovés, que hemos visto aparecer un instante en su casa de campo de Bellevue, había tenido buen éxito, y la víspera, el señor de Favras, mediador en aquella negociación, le entregó los dos millones. De este dinero, el Príncipe no pudo hacerle aceptar más que cien luises, los cuales necesitaba para pagar los servicios de dos tunantes que Favras creía hombres seguros, y que debían prestar su concurso en la fuga de la familia real.
Favras había querido dar informes al Príncipe sobre aquellos dos individuos; pero el Condé, siempre prudente, no solamente rehusó verlos, sino que no quiso conocer sus nombres.
Presumíase que el Príncipe no sabía nada de lo que pasaba; si daba dinero a Favras, era porque le tenía al servicio de su persona; pero ignoraba lo que hacía con él y no quería saberlo tampoco.