La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —¡Ay de mÃ! —exclamó—, deberÃais saberlo, Andrea, vos tan bella, casta y pura, vos a quien ningún odio ha perturbado el corazón; vos, a quien ningún amor trastornará el alma; vos, a quien las nubes de la tempestad pueden ocultar como una estrella que reaparece más brillante cuando el viento aleja la tempestad. No todas las mujeres, incluso las más distinguidas damas, tienen vuestra inmutable serenidad, sobre todo yo, que os he pedido auxilio y me lo habéis prestado generosamente…
—La Reina —contestó Andrea—, habla de tiempos que yo habÃa olvidado, y de los cuales no creÃa que se acordaba ya.
—La contestación es severa, Andrea, pero la merezco, y tenéis razón al dármela. No; verdad es que mientras fui feliz no recordé vuestra fidelidad, tal vez porque ningún poder humano, ni aun el del Rey, me ofrecÃa un medio de pagaros; debéis haberme creÃdo ingrata, Andrea; pero tal vez lo que tomasteis por ingratitud no era más que impotencia.
—TendrÃa derecho para acusaros, señora —dijo Andrea—, si alguna vez hubiera deseado cualquier cosa y me la hubieseis rehusado, rechazando mi petición; pero ¿cómo quiere Vuestra Majestad que me queje, puesto que jamás he deseado nada?