La Condesa de Charny
La Condesa de Charny La Reina vaciló un momento para decidir con qué nombre saludaría a la blanca aparición que pasaba desde la sombra de la puerta a la penumbra del aposento, y que entraba poco a poco en el círculo de luz proyectado por las tres bujías del candelabro colocado sobre la mesa en que se apoyaba de codos.
Al fin, extendiendo la mano hacia su antigua amiga, exclamó:
—Sed bienvenida hoy como siempre, Andrea.
Por muy preparada que estuviese al presentarse en las Tullerías, Andrea se estremeció a su vez de oír estas palabras, pues reconocía en ellas un recuerdo del acento con que en otra época le hablaba la delfina.
—Necesito decir a Vuestra Majestad —replicó Andrea, abordando la cuestión con su franqueza y claridad ordinarias—, que si me hubiera hablado siempre como acaba de hacerlo, no habría tenido necesidad de enviarme a buscar fuera del palacio que habita, cuando hubiera querido hablarme.
Nada podía convenir más a la Reina que este modo de entrar en materia, y le acogió como un ofrecimiento, del cual pensaba aprovecharse.