La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Andrea no contestó; limitóse a mirar a la Reina con aire extraviado, y una sonrisa entreabrió sus labios.
—Pero ¿qué se ha de hacer, Dios mÃo, para retener este amor, es decir, mi vida que se va?
—¡Oh!, si lo sabes, Andrea, amiga y hermana mÃa, dÃmelo, te lo suplico, te conjuro…
Y la Reina extendió las dos manos hacia Andrea; pero esta retrocedió un paso.
—¿Puedo yo saber eso, señora —exclamó—, yo, a quien él no amó nunca?
—¡Oh!, pero puede amarte… Un dÃa tal vez se arrodille ante ti para pedirte que olvides lo pasado, para solicitar tu perdón por todo cuanto te ha hecho sufrir. ¡Y los padecimientos se olvidan tan pronto, Dios mÃo, en los brazos de aquel a quien se ama, y el perdón se concede tan fácilmente al que nos ha hecho sufrir!…
—Pues bien, si ocurriese esa desgracia… sÃ, probablemente serÃa para las dos, señora. ¿Olvidáis que antes de ser la esposa del señor Conde, me quedarÃa un secreto que revelarle… una confidencia que hacerle… secreto terrible, confidencia mortal, que matarÃa al punto ese amor que teméis? ¿Olvidáis que me faltarÃa referirle lo que os he contado?
—¿Le dirÃais que habÃais sido violada por Gilberto?… ¿Le dirÃais que habÃais tenido un hijo?…