La Condesa de Charny
La Condesa de Charny No trataremos de expresar cómo transcurrió aquella noche para las dos mujeres.
Hasta las nueve de la mañana no volvemos a ver a la Reina, con los ojos enrojecidos por las lágrimas y pálidas las mejillas por el insomnio. A las ocho, es decir, casi al amanecer, pues estaba en aquel período de año en que los días son cortos y sombríos, a las ocho, decimos, había abandonado el lecho donde buscó en vano el reposo durante las primeras horas de la noche, y donde durante las últimas no pudo conciliar más que un sueño febril y agitado.
Hacía algunos instantes, aunque según la orden dada nadie había entrado en su habitación, que oía alrededor de esta esas idas y venidas, esos ruidos repentinos y esos prolongados rumores que anuncian que ha ocurrido algo insólito en el exterior.
En aquel momento fue cuando, terminado el tocador de la Reina, el reloj dio las nueve.
En medio de todos aquellos rumores confusos que parecían propagarse por los corredores, oyó la voz de Weber que parecía reclamar el silencio.
Entonces llamó a su fiel ayuda de cámara.
En el mismo instante todo ruido cesó y abrióse la puerta.
