La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —No, nada; muchas gracias. Quisiera devolveros mi amistad y vos la rehusáis… Adiós, Andrea, y llevad al menos mi agradecimiento.
Andrea hizo con la mano un ademán, como para indicar que rechazaba esto último asà como rechazó lo primero, y haciendo una frÃa y profunda reverencia salió con paso lento y silencioso como una aparición.
—¡Oh!, razón tienes —murmuró la Reina—, cuerpo de hielo, corazón de diamante, alma de fuego, al no querer mi agradecimiento ni mi amistad, pues conozco, y de ello pido perdón al Señor, que te odio, como jamás he odiado a nadie… ¡Pues si él no te ama ya, segura estoy de que te amará algún dÃa!…
Después llamó a Weber y preguntóle:
—¿Has visto al señor Gilberto?
—SÃ, señora —contestó el ayuda de cámara.
—¿A qué hora vendrá mañana?
—A las diez, señora.
—Está bien, Weber; avisa a mis damas que me acostaré sin verÃas esta noche, y que, fatigada e indispuesta, deseo que me dejen dormir hasta mañana a las diez. La primera y única persona que recibiré será el señor doctor Gilberto.