La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —¡Oh!, ¡es nuestra madrecita Mirabeau!
—¡Viva Mirabeau! —gritaron al punto quinientas voces—. ¡Viva el defensor del pueblo! ¡Viva el orador patriota!
Y la cola del cortejo que seguÃa la cabeza del desgraciado Francisco, oyendo aquella exclamación, se volvió para formar escolta a Mirabeau, a quien una multitud inmensa le acompañó hasta la puerta del Arzobispado, gritando siempre. En efecto, era Mirabeau, que cuando iba a la Asamblea y como encontrase a Gilberto, le entregó un billete que acababa de escribir sobre el mostrador de un tabernero, con intención de enviarle a su destino.