La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Señora —dijo—, dispénseme Vuestra Majestad por presentarme asÃ; a pesar mÃo me he visto en la precisión de haceros esperar largo tiempo, y no querÃa retardar más mi visita.
—¿Y ese desgraciado, señor Gilberto? —preguntó, la Reina.
—¡Ha muerto, señora; le han asesinado y hecho pedazos!…
—¿Era culpable al menos?
—¡Era inocente, señora!
—¡Oh, caballero, he ahà los frutos de vuestra revolución! Después de asesinar a los grandes señores, a los funcionarios y a los guardias, ahora se asesinan entre sÃ. Pero ¿no hay medio de hacer justicia a esos criminales?
—Trataremos de ello, señora, aunque más valdrÃa evitar los asesinatos que castigar a los culpables.
—Pero ¿cómo conseguirlo, Dios mÃo? El Rey y yo no deseamos otra cosa.
—Señora, todas esas desgracias provienen de una gran desconfianza del pueblo respecto a los agentes del poder; poned a la cabeza del Gobierno hombres que merezcan la confianza del pueblo, y no sucederá nada parecido.
—¡Ah!, sÃ, los señores de Mirabeau y de Lafayette, ¿no es cierto?