La Condesa de Charny

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Por eso uno de aquellos que salían entre la multitud oprimida, y que por su traje hubiérase dicho que era un simple menestral del Marais, dirigiéndose a uno de sus vecinos y poniéndole una mano sobre el hombro, aunque parecía pertenecer a una clase superior de la sociedad, le dijo:

—¿Qué tal, señor Gilberto, qué os parecen esas dos absoluciones?

Aquel a quien se dirigía se estremeció, miró a su interlocutor, y reconociendo las facciones como había reconocido la voz, contestó:

—A vos, y no a mí, es a quien se debe preguntar esto, maestro; a vos, que lo sabéis todo: el presente, el pasado y el porvenir…

—Pues bien, yo pienso que después de absueltos estos culpables, es preciso decir: «¡Desgraciado del inocente que caiga en tercer lugar!».

—Y ¿por qué creéis que un inocente será el que venga detrás y que se le castigará? —preguntó Gilberto.

—Pues por una razón muy sencilla —contestó su interlocutor con esa ironía que le era natural—, porque es bastante común en este mundo que los buenos padezcan por los malos.


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