La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —¿Pero, qué predicción me hacéis? —preguntó Gilberto, que si bien aprobaba la excursión que Cagliostro habÃa hecho mentalmente en el paÃs del espÃritu, no se inquietaba más que por la conclusión.
—Os digo —repitió Cagliostro con ese tono profético propio de él y que no admitÃa réplica—, os digo que Mirabeau, el hombre de genio, el hombre de Estado, el gran orador, gastará su vida y bajará a la tumba sin llegar a ser lo que todo el mundo ha sido, es decir, ministro. ¡Ah!, es una hermosa protección la medianÃa, querido Gilberto.
—Pero, en fin —preguntó el doctor—, ¿se opone el Rey?
—¡Diablo!, ¡se guardará bien! DeberÃa discutir con la Reina, a quien ha dado casi su palabra. Ya sabéis que la polÃtica del Rey está en la palabra casi: es casi constitucional, casi filósofo, casi popular, y hasta casi perspicaz, cuando le aconseja su hermano. Id mañana a la Asamblea, querido doctor, y veréis lo que pasa.
—¿No podrÃais decÃrmelo de antemano?
—SerÃa privaros del placer de la sorpresa.
—¡Esperar hasta mañana es mucho!
—Pues haced otra cosa mejor: son las cinco; dentro de una hora se abrirá el Club de los Jacobinos…; ya sabéis que estos señores son aves nocturnas… ¿Sois de la sociedad?