La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—Veamos, francamente, doctor, ¿creéis que tendrá larga vida ese hombre a quien la sangre quema, a quien el corazón ahoga y el genio consume? ¿Creéis que las fuerzas, por gigantescas que sean, no se agotan en la continua y eterna lucha contra la corriente y la medianía? ¡La obra emprendida por ese hombre es la roca de Sísifo! ¿No le agobian sin cesar, desde hace dos años, con la palabra inmoralidad? Cada vez que después de inusitados esfuerzos cree haberlos rechazado hasta la montaña, esta palabra vuelve a caer sobre él con más dureza que nunca. ¿Qué han ido a decir al Rey, que había adoptado casi la opinión de la Reina respecto a nombrar a Mirabeau primer ministro? «¡Señor, París clamará contra la inmoralidad, y lo mismo harán Francia y la Europa entera!». ¡Como si Dios fundiera los grandes hombres en el mismo molde que la generalidad de los mortales, y como si al ensancharse el círculo que encierra las grandes virtudes, no debiera abrazar también los grandes vicios! Gilberto, os cansaríais en vano, vos y dos o tres hombres inteligentes, para elevar a Mirabeau a ministro; es decir, a lo que han sido el señor Turgot, un necio, el señor Necker, un pedante, el señor de Calonne, un fatuo, y el señor de Brienne, un ateo. Mirabeau no será ministro porque tiene cien mil francos de deudas, que se pagarían si fuese hijo de un simple arrendador general, y porque ha sido condenado a muerte por el rapto de la mujer de un viejo imbécil, la cual acabó por asfixiarse, enamorada de un gallardo capitán. ¡Qué comedia es la tragedia humana, y cómo lloraría yo si no hubiese tomado el partido de reírme!


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