La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —¡Pobre Mirabeau, cómo hacen pagar a tu genio las locuras de tu juventud todos esos necios y fatuos con quienes tratas! Cierto que todo esto es providencial, y que Dios se ve obligado a proceder por medio de su mano. «¡El inmoral Mirabeau!», dice el señor de Provenza que es impotente; «¡Mirabeau el pródigo!», dice el conde de Artois, a quien su hermano ha debido pagar tres veces sus deudas. ¡Pobre hombre de genio!, sÃ, tú salvarÃas tal vez la monarquÃa; pero esta no debe salvarse. «¡Mirabeau es un monstruoso charlatán!», dice la Poule. «¡Mirabeau es un pillo!», dice Guillermy. «¡Mirabeau es un asesino!», dice el abate Maury. «¡Mirabeau es un hombre muerto!», dice Target. «¡Mirabeau es un hombre enterrado!», dice Duport. «¡Mirabeau es un orador a quien silban más que aplauden!», dice Pelletier. «¡Mirabeau tiene la viruela en el alma!», dice Champcenetz. «¡Se ha de enviar a presido a Mirabeau!», dice Lámbese. «¡Es preciso ahorcarle!», dice Marat. Y si Mirabeau muere mañana, el pueblo le hará una apoteosis, y todos esos enanos; los cuales domina por el busto, y en los que pesará mientras viva, seguirán su cortejo cantando y gritando: «¡Desgraciada Francia, que ha perdido su tribuno! ¡Desgraciada monarquÃa, que ha perdido su apoyo!».
—¿Vais a pronosticarme también la muerte de Mirabeau? —exclamó Gilberto casi asustado.