La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Por la forma misma de esta frase, que la Reina había preparado de antemano, y que hacía largo tiempo sin duda murmuraba entre dientes, veíase que su intención era lanzada a la faz de aquella multitud por la portezuela.
Gilberto dejó escapar un suspiro que significaba «¡Siempre la misma!».
Después, con una profunda expresión de melancolía, exclamó:
—¡Ay de mí!, señora, ese pueblo que llamáis mío, ha sido vuestro en otro tiempo, y hace menos de veinte años que el señor de Brissac, seductor cortesano, a quien inútilmente busco aquí, os mostraba desde el balcón de la Casa de la Ciudad a ese mismo pueblo, gritando: «¡Viva la Delfina!», y os decía después: «¡Señora, ahí tenéis doscientos mil enamorados!».
La Reina se mordió los labios; era imposible hallar ninguna falta en la contestación, ni tampoco en cuanto al respeto.
—Sí, es verdad —repuso la Reina—; esto prueba tan sólo que los pueblos cambian.
Esta vez, Gilberto se inclinó, pero sin contestar.
—Os había hecho una pregunta, señor Gilberto —dijo la Reina, con esa insistencia que manifestaba en todo, incluso en las cosas que debían serle desagradables.