La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Así como una estatua, aquellas oleadas que se movían en tomo suyo, sin que fijase en ellas su atención, parecían dejarla más lisa y más blanca; era evidente que aquella mujer tenía en el fondo de la cabeza o del corazón un pensamiento único y luminoso para ella sola, al que tendía su alma, como tiende a la estrella polar la aguja imantada. Especie de sombra entre los vivos, tan sólo una cosa indicaba que vivía, y era el relámpago involuntario que se escapaba de sus ojos siempre que estos se encontraban con los de Gilberto.

A unos cien pasos de llegar a la pequeña taberna de que hemos hablado, el cortejo se detuvo y los gritos redoblaron en toda la línea.

La Reina se inclinó ligeramente fuera de la portezuela, y este movimiento, aunque pareciese un saludo, hizo murmurar a la multitud.

—Señor Gilberto —dijo.

El doctor se acercó a la portezuela; y como desde Versalles llevaba el sombrero en la mano, no le fue necesario descubrirse en señal de respeto a la Reina.

—¿Qué deseáis, señora? —preguntó.

Estas palabras, por la entonación con que fueron pronunciadas, indicaban que Gilberto estaba completamente a las órdenes de la Reina.

—Señor Gilberto —continuó—. ¿Qué canta ahora, qué grita, o qué dice vuestro pueblo?


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