La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Monseñor está servido —dijo un ayuda de cámara abriendo las dos hojas de la puerta del comedor, brillante de luz y servido con magnificiencia.
—Vamos, venid, señor pitagórico —dijo el Conde, cogiendo del brazo a Gilberto—. ¡Bah!, una vez no es costumbre.
El doctor siguió al Conde, subyugado por la magia de sus palabras, y tal vez poseÃdo de la esperanza de hacer brillar en su conversación algún relámpago que pudiese guiarle enmedio de la oscuridad en que andaba.