La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Dos horas después de la conversación que acabamos de citar, un coche sin librea y sin escudo se detenía delante del pórtico de la iglesia de San Roque, cuya fachada no habían mutilado aún las balas de 13 vendimiario.
De aquel coche se apearon dos hombres vestidos de negro, y al resplandor amarillento de los reverberos que a larga distancia unos de otros cortaban la bruma de la calle San Honorato, siguiendo una especie de corriente trazada por la multitud, costearon el lado derecho de la calle hasta la puerta del convento de los Jacobinos.
Si nuestros lectores han adivinado, lo cual es probable, que aquellos dos hombres eran el doctor Gilberto y el conde de Cagliostro, o el banquero Zannone, como se hacía llamar en aquella época, no necesitamos decirles por qué se detenían delante de aquella puertecilla, puesto que este era el objeto de su excursión.
Por lo demás, ya lo hemos dicho, los recién llegados no tenían que hacer más que seguir a la multitud, porque esta era considerable.
—¿Queréis entrar en la nave, u os contentáis con un asiento en la tribuna? —dijo Cagliostro a Gilberto.
—Yo creía —contestó el doctor—, que la nave era exclusivamente para los individuos de la sociedad.
