La Condesa de Charny

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—Sin duda; pero yo soy de todas las sociedades —dijo Cagliostro sonriendo—, y puesto que es así, mis amigos pertenecen a ellas también. He aquí una tarjeta para vos, si la queréis; en cuanto a mí, me basta decir una palabra.

—Nos reconocerán como extranjeros —observó Gilberto—, y nos harán salir.

—En primer lugar, debo deciros, querido doctor, una cosa que no sabéis, según parece, y es que la sociedad de los Jacobinos, fundada desde hace tres años, cuenta ya sesenta mil individuos, poco más o menos, tan sólo en Francia, y llegará a tener hasta cuatrocientos mil antes de terminar el año. Además, amigo mío —añadió Cagliostro sonriendo—, aquí está el verdadero Gran Oriente, el centro de todas las sociedades secretas, y no en casa de ese imbécil Fauchet, como se cree. Ahora bien, si no tenéis derecho para entrar como un jacobino, tendréis un puesto señalado como aspirante.

—No importa —contestó el doctor—, prefiero la tribuna, porque desde ella se domina toda la asamblea; si se presenta algún hombre notable que yo no conozca, ya tendréis la bondad de decirme quién es.

—Pues a las tribunas —dijo Cagliostro. Y tomó por la derecha una escalera de tablas que conducía a las improvisadas tribunas.


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