La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Estas últimas estaban llenas; pero en la primera a la que Cagliostro se dirigió, bastóle hacer una seña y pronunciar una palabra a media voz, para que dos hombres que se hallaban en la delantera, como si estuviesen avisados de su llegada y no ocupasen aquellos sitios sino para guardarlos, se retirasen al punto.
Los recién venidos los reemplazaron. Aún no había comenzado la sesión; los individuos de la asamblea estaban confusamente diseminados en la sombría nave, los unos hablando en los grupos y los otros paseándose en el reducido espacio que sus numerosos compañeros les dejaban; varios de ellos, en fin, parecían meditar aislados o permanecían en la sombra en pie y apoyados en un macizo pilar.
Escasas luces iluminaban con rayos vacilantes aquella multitud, difundiendo una incierta claridad en la que no se reconocían los rostros o las personas sino cuando estas se encontraban por casualidad bajo uno de aquellos débiles rayos de luz.
Pero hasta en la penumbra era fácil ver que se estaba en medio de una reunión aristocrática: los trajes bordados y los uniformes de oficiales de mar y tierra salpicaban a la multitud con reflejos de oro y plata.
En efecto, en aquella época ni un solo obrero, ni un hombre del pueblo, y hasta diremos ningún individuo de la clase media, democratizaba aquella ilustre asamblea.