La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Gilberto fijó una detenida mirada en toda aquella brillante asamblea, reconoció a cada cual, y apreció mentalmente todas las capacidades, quedando poco tranquilizado por ellas.
Sin embargo, el conjunto realista le consoló un poco.
—En suma —dijo de pronto a Cagliostro—, ¿qué hombre veis entre todos esos que sea verdaderamente hostil a la Reina?
—¿Debo mirar con los ojos de todo el mundo, con los vuestros, con los de Necker, con los del abate Maury, o con los mÃos?
—Con los vuestros —contestó Gilberto—. ¿No se ha convenido en que son los del hechicero?
—Pues bien, hay dos hombres.
—¡Oh!, no es demasiado, enmedio de cuatrocientos.
—Es bastante, si uno de ellos debe ser el asesino de Luis XVI y el otro su sucesor.
—¡Oh, oh! —murmuró—. ¿Tenemos aquà un futuro Bruto y un futuro César?
—Ni más ni menos, amigo doctor.
—¿Me los enseñaréis, Conde? —preguntó Gilberto, con la sonrisa de la duda en los labios.