La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Desde aquellos tres años, la Reina había sufrido mucho de corazón y de espíritu, de amor y de amor propio. Los treinta y cuatro años se revelaban en la pobre mujer alrededor de sus ojos, por esos ligeros matices nacarados y violáceos que indican las lágrimas, las noches sin sueño, y que acusan, sobre todo, ese dolor profundo del alma incurable en la mujer, aunque sea Reina, cuando padece.
Era la edad de María Estuardo prisionera, la edad en que inspiró las más profundas pasiones; la edad en que Douglas, Mortimer, Norfolk y Babington se enamoraron de ella, sacrificándose y muriendo por ella.
La vista de aquella prisionera, aborrecida, calumniada y amenazada —el 5 de octubre demostró que estas amenazas no eran vanas—, hizo profunda impresión en el caballeresco joven Luis de Bouillé.
Las mujeres no se engañan sobre el efecto que producen y, como las reinas y los reyes tienen además la memoria más feliz para recordar los semblantes, lo cual forma en cierto modo, parte de su educación, apenas María Antonieta vio al señor de Bouillé, reconocióle, y apenas hubo fijado en él los ojos, se convenció de que tenía en su presencia un amigo.