La Condesa de Charny
La Condesa de Charny De aquà resultó que aun antes de que el general hubiese hecho su presentación, antes de que el joven llegase al pie del diván donde estaba echada la Reina, esta se habÃa incorporado y, como se hace con un antiguo conocido a quien se ve con gusto, un antiguo servidor, con cuya fidelidad se puede contar, exclamó:
—¡Ah!, señor de Bouillé.
Después, sin cuidarse del general Lafayette, habÃa ofrecido la mano al joven.
El conde Luis vaciló un instante; no podÃa creer en semejante favor.
Sin embargo, la mano real esperaba; el Conde dobló la rodilla y besó aquella.
La pobre Reina cometÃa una falta, e incurrió en otras muchas semejantes; sin este favor, el señor de Bouillé hubiera sido siempre su partidario y, por este favor, concedido al joven Conde delante de Lafayette, que jamás habÃa obtenido semejante honor, la Reina determinaba su lÃnea de conducta, resintiendo al hombre de quien más necesidad tenÃa de conservar como amigo.
He aquà por qué, con la cortesÃa a que no faltaba nunca, pero con cierta alteración en la voz, Lafayette exclamó:
—A fe mÃa, querido primo, yo soy quien os ofreció presentaros a Su Majestad; pero me parece que mejor hubierais podido presentarme vos.