La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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La Reina estaba tan contenta de hallarse frente a uno de esos servidores con los cuales tenía la seguridad de poder contar, y la mujer se lisonjeaba tanto por el efecto que parecía haber producido en el Conde, que sintiendo en su corazón uno de esos rayos de juventud que creía extinguidos alrededor de ella como una de esas brisas de primavera y de amor que creía muertas, se volvió hacia el general Lafayette, y con una de esas sonrisas de Trianón y de Versalles, le dijo:

—Señor general, el conde Luis no es un republicano severo como vos; llega de Metz, y no de América, y viene a París, no para trabajar en la Constitución, sino para ofrecerme sus respetos. No extrañéis, pues, que le conceda yo, pobre Reina medio destronada, un favor, que para él, pobre provinciano, merece tal vez aún este nombre; mientras que para vos…

Y la Reina hizo un encantador ademán casi de joven, que parecía decir: «Señor Escipión, señor Cincinatus, os burláis bien de semejantes niñerías».

—Señora —replicó Lafayette—, yo hubiera sido siempre respetuoso y fiel para la Reina sin que esta hubiese comprendido mi respeto, ni apreciado mi fidelidad; y esto será una gran desgracia para mí, y tal vez mayor aún para la soberana.

Y saludó.


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