La Condesa de Charny
La Condesa de Charny La Reina fijó en él una mirada penetrante. Más de una vez Lafayette le habÃa dicho palabras análogas, y más de una vez reflexionó en las que le dijo el general; mas por desgracia, como esta acababa de indicar, sentÃa una repulsión instintiva contra el hombre.
—Pues entonces, general —repuso—, sed generoso y dispensadme.
—¡Yo, señora! ¿Y de qué?
—De mi impulso en favor de esa familia de Bouillé, que me ama de todo corazón, y de la cual este joven ha tenido a bien hacerme el hilo conductor, la cadena eléctrica. Me ha parecido ver a su padre, a sus tÃos, a toda su familia, cuando entró aquà y al besarme la mano.
Lafayette hizo un nuevo saludo.
—Y ahora —añadió la Reina—, después del perdón, la paz y un buen apretón de manos, general, a la inglesa o a la americana.
Y ofreció la mano abierta, con la palma hacia afuera. Lafayette tocó con mano lenta y frÃa la de la Reina, diciendo:
—Siento mucho que no queráis recordar nunca que soy francés, señora; y sin embargo, han transcurrido pocos dÃas desde el 6 de octubre al 16 de noviembre.
—Tenéis razón, general —dijo la Reina, haciendo un esfuerzo sobre sà misma y estrechándole la mano—, yo soy una ingrata.