La Condesa de Charny

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—¡Ah! —exclamó la Reina, con ese tono que le era propio—, aquello debió ser, en efecto, muy conmovedor; pero con gran sentimiento mío, yo no estaba allí. Sabéis mejor que nadie, querido general —añadió sonriendo—, que yo no estoy siempre donde quiero.

Lafayette hizo un movimiento que significaba que tenía algo que contestar; pero la Reina continuó, sin darle tiempo para pronunciar una palabra:

—No, me hallaba aquí, y recibía a la pobre viuda del desgraciado panadero de la Asamblea, que esta dejó asesinar en su puerta. ¿En qué se ocupaba aquel día el señor de Lafayette?

—Señora —contestó el general—, habláis de una de esas desgracias que más han afligido a los representantes de Francia; la Asamblea no pudo evitar el crimen, pero, cuando menos, ha castigado a los asesinos.

—Sí; pero creed que el castigo no ha consolado a la pobre mujer, que ha estado a punto de perder el juicio, y se cree que dará a luz un niño muerto; en el caso de que viva, seré su madrina, como lo he prometido; y para que el pueblo sepa que no soy tan insensible como dicen a las desgracias que le afligen, os preguntaré, señor general, si hay inconveniente en bautizarle en Nuestra Señora.

Lafayette levantó la mano como hombre que está dispuesto a pedir la palabra, y a quien halaga que se la concedan.


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