La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Precisamente, señora —dijo—, es la segunda alusión que hacéis, desde hace un momento, a esa supuesta cautividad en que se quiere hacer creer a vuestros fieles servidores que yo os tengo. Señora, me apresuro a decirlo delante de mi primo; lo repetiré, si es necesario, ante ParÃs entero, ante Europa, ante todo el mundo, y sin más allá, ayer escribà al señor Mounier, que desde el fondo del Delfinado se lamenta de la cautividad real, diciéndole lo mismo. Señora, sois libre; solamente tengo un deseo, y es que deis la prueba de lo que digo; el Rey continuando sus cacerÃas y viajes, y vos acompañándole.
La Reina sonrió como una persona mal convencida.
—En cuanto a ser madrina del pobre huérfano que nacerá en el luto, la Reina, al contraer este compromiso con la viuda, ha obedecido a ese excelente corazón que inspira amor y respeto a todos los que os rodean. Cuando llegue el dÃa de la ceremonia, la Reina elegirá la iglesia en que desea que se efectúe aquella; dará sus órdenes, y todo se hará con arreglo a ellas. Y ahora —continuó el general inclinándose—, espero que me deis las vuestras para hoy.
—Para hoy, general —dijo la Reina—, no tengo que disponer nada más que invitar a vuestro primo, si permanece algunos dÃas en ParÃs, a que os acompañe a una de las reuniones de la princesa Lamballe; ya sabéis que recibe por ella y por mÃ.