La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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El señor de Lafayette dirigió una curiosa mirada en torno suyo: muchos habían penetrado en el gabinete del Rey, en la sala de su consejo, en la biblioteca, y hasta en su oratorio; pero muy pocos habían obtenido el insigne favor de que se les admitiera en la fragua, donde el Rey se convertía en aprendiz, y donde el verdadero soberano era el maestro Gamain.

El general observó el perfecto orden con que estaban colocados todos los útiles, lo cual no tenía nada de extraño, puesto que desde por la mañana, solamente el Rey estaba en la fragua.

Hué le había servido de aprendiz, tirando del fuelle.

—¿Y Vuestra Majestad —dijo Lafayette, sin saber apenas de qué asunto podría tratar con un Rey que le recibía con las mangas de la camisa arremangadas, la lima en la mano y el mandil de cuero delante—, ha emprendido una obra importante?

—Sí, general, la gran obra en este arte: ¡una cerradura! Os digo lo que hago, para que si el señor Marat supiese que he vuelto a dedicarme a mi oficio, y pretendiera que fraguo llaves para Francia, podáis contestarle, caso de que le echéis la mano encima, que no es verdad. ¿No sois compañero ni maestro, señor de Bouillé? —añadió.

—No, señor; pero soy aprendiz, y si pudiera ser útil en alguna cosa a Vuestra Majestad…


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