La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —¡Ah!, es cierto, querido primo —dijo Lafayette—, ¿no era cerrajero el marido de vuestra nodriza? Y, ¿no decÃa vuestro padre, aunque sólo sea mediano admirador del autor del Emilio, que si hubiera de seguir respecto a vos los consejos de Juan Jacobo, os dedicarÃa al oficio de cerrajero?
—Asà es, general, y por eso tuve el honor de contestar a Su Majestad que si necesitase un aprendiz…
—No me serÃa inútil, caballero —dijo el Rey—; pero lo que necesitarÃa sobre todo es un maestro.
—Y ¿qué cerradura construye Su Majestad? —preguntó el joven Conde con esa casi familiaridad que el traje del Rey y el sitio donde se hallaba parecÃa autorizar—. ¿Es una cerradura de biela, de golpe, de pestillo, de engranaje, o de qué especie?
—¡Oh, oh!, primo mÃo —exclamó Lafayette—, yo no sé lo que podréis hacer como hombre práctico; pero en cuanto a la teorÃa, parecéis estar muy al corriente, no diré del oficio, puesto que un Rey le ha ennoblecido, pero sà del arte.
Luis XVI habÃa escuchado con visible placer la enumeración de las diferentes cerraduras que el joven caballero acababa de citar.