La Condesa de Charny
La Condesa de Charny La mano de la Reina se apartó de la portezuela de terciopelo, y tocando el hombro del doctor Gilberto, se crispó sobre él con tanta fuerza que sus uñas se clavaron en la ropa.
Gilberto se volvió, y entonces pudo ver a la Reina, pálida, con los labios lívidos y temblorosos y la voz alterada.
Tal vez hubiera atribuido esta sobreexcitación nerviosa a la presencia de las dos cabezas, si los ojos de María Antonieta hubieran estado fijos en la una o en la otra.
Pero su mirada se dirigía más lejos, horizontalmente, y a la altura de un hombre.
Gilberto siguió la misma dirección, y como la Reina había proferido un grito de terror, él dejó escapar otro de asombro.
Y después los dos murmuraron a la vez:
—¡Cagliostro!
El hombre apoyado contra el árbol, veía por su parte a la Reina perfectamente.
De pronto hizo una señal a Gilberto, como para indicarle que se acercara.
En aquel instante los coches hicieron un movimiento para continuar la marcha.
Maquinalmente, como por un instinto natural, la Reina empujó a Gilberto para que no le pasasen las ruedas sobre los pies.