La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Eran los dos individuos que llevaban las cabezas en las picas, y que después de haber obligado al infeliz Leonardo a enpolvarlas y rizarlas, querían tener la horrible satisfacción de presentarlas a la reina, así como otros, o tal vez los mismos, se proporcionaron el placer de presentar a Bertier la cabeza de su suegro Foullon.

Aquellos gritos eran los que profería, a la vista de las dos cabezas, la compacta multitud, apartándose y rechazándose a sí propia con expresión de espanto, para que pasasen los dos individuos.

—¡En nombre del cielo, señora —dijo el doctor—, no miréis a la derecha!

La Reina no era mujer que obedeciera a semejante intimación sin asegurarse de la causa que motivaba aquella súplica.

Por lo tanto, su primer movimiento fue volver la cabeza hacia el lado que Gilberto prohibía, y entonces profirió un grito terrible.

Pero de improviso sus ojos se desviaron del horrible espectáculo, como si acabasen de ver otro más horrible aún, fijándose en lo que parecía ser para ella una cabeza de Medusa, de la cual no podían separarse.

Esta cabeza de Medusa era la del desconocido a quien vimos antes hablando y bebiendo con el maestro Gamain, en la taberna del puente de Sevres, y que estaba de pie, cruzado de brazos, apoyándose en un árbol.


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