La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—Sí, señora, y más sinceramente aún, porque esa canción no expresa más que su buen humor, y porque los sobrenombres que os da no son otra cosa sino la manifestación de sus esperanzas, mientras que los gritos que profiere indican su deseo.

—¡Ah!, ¿el pueblo desea que los señores de Lafayette y Mirabeau vivan?

Según se ve, la Reina había oído perfectamente los cantos, las palabras y hasta los gritos.

—Sí, señora —contestó Gilberto—, pues viviendo el señor de Lafayette y Mirabeau, que están separados, como veis, en este momento, separados por el abismo sobre el cual estáis suspendida, pueden reunirse los dos y salvar la monarquía.

—Es decir, que entonces, caballero —exclamó la Reina—, ¿la monarquía se halla tan baja que no puede ser salvada sino por esos dos hombres?

Gilberto iba a contestar cuando algunos gritos de espanto, mezclados con atroces carcajadas, se oyeron en aquel instante, efectuándose en la multitud un gran movimiento que, en vez de alejar al doctor, acercóle más a la portezuela, a la cual se agarró, adivinando que sucedía o iba a suceder alguna cosa que tal vez exigiría, para la defensa de la Reina, servirse de su palabra o de su fuerza.


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