La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—Con razón o sin ella, señora le han dicho al pueblo que en Versalles se hacía un gran comercio de harinas, y que por esta causa no llegaban ya a París. ¿Quién alimenta al pobre pueblo? El panadero y la panadera del barrio.

¿Hacia quién vuelven sus manos suplicantes, el padre, el esposo y el hijo, cuando, faltos de recursos, se mueren de hambre? Hacia el panadero y la panadera. ¿A quién suplican, después de Dios, que hace crecer las mieses? A los que distribuyen el pan. ¿No sois vos, señora, no son el Rey y vuestro augusto hijo los distribuidores del pan de Dios? No os extrañéis, pues, el dulce nombre con que ese pueblo os designa, y dadle gracias por su esperanza de que, hallándose el Rey, la Reina y el señor Delfín enmedio de un millón doscientos mil hambrientos, estos últimos no carecerán de nada.

La Reina cerró un instante los ojos, e hizo un movimiento con la mandíbula y el cuello como si se tratase de tragar su odio, al mismo tiempo que la amarga saliva que abrasaba su garganta.

—¿Y debemos agradecer a ese pueblo que grita allá abajo, delante y detrás de nosotros, debemos agradecerle, así como los motes que nos da, las canciones que nos entona?


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