La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —¡Papá, mamá! —gritaba.
Beausire y Nicolasa escuchaban con gusto aquella voz querida.
—¡Papá, mamá! —repetÃa la voz acercándose cada vez más.
—¿Qué ha sucedido? —gritó Nicolasa, abriendo la puerta con una solicitud materna—. Ven hijo mÃo, ven.
—¡Papá, mamá! —continuó la voz, aproximándose siempre como la de un ventrÃloco que aparenta abrir la puerta de una cueva.
—No me sorprenderÃa —dijo Beausire, cogiendo de aquella voz lo que tenÃa de alegre—, no me sorprenderÃa que el milagro se realizase, y que el niño hubiese encontrado la bolsa de que acabo de hablar.
En aquel momento el niño aparecÃa en el último escalón y precipitábase en el aposento, llevando en la boca su barrita de azúcar, oprimiendo con su brazo izquierdo una bolsa de papel llena de confites, que estrechaba contra su pecho, y mostrando en su mano derecha abierta un luis de oro, que a la luz de la mÃsera vela brillaba como la estrella Aldebaran.
—¡Ah! ¡Dios mÃo! —exclamó Nicolasa, dejando que la puerta se cerrase sola—. ¿Qué te ha pasado, hijo mÃo?