La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Y aplicaba en el rostro gelatinoso del pequeño esos besos maternales que nada repugnan, porque parecen depurarlo todo.

—Lo que hay —dijo Beausire, apoderándose diestramente del luis de oro y examinándolo a la luz de la vela, lo que hay es que el luis de buena ley vale veinticuatro libras.

Y volviéndose hacia el niño, añadió:

—¿Dónde has encontrado esto, chiquillo? Dímelo, para que yo vaya a buscar más si quedan.

—No lo encontré, papá —contestó el pequeño—; me lo han dado.

—¿Cómo que te lo han dado? —exclamó la madre.

—Sí, mamá, un caballero.

Nicolasa estuvo a punto de preguntar dónde se hallaba aquel caballero.

Pero prudente por experiencia, porque no olvidaba que Beausire era muy celoso, limitóse a repetir:

—¿Un caballero?

—Sí, mamita —contestó el niño, haciendo crujir su azúcar entre los dientes.

—¡Un caballero! —repitió a su vez Beausire.

—Sí, papaíto, un señor que entró en la tienda cuando yo estaba, y que dijo:


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