La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Además, un buen realista llamado Marquié, exsargento de guardias franceses, ahora subteniente de una compañÃa del centro.
—Efectivamente.
—Además, el señor de Favras…
—SÃ, el señor de Favras.
—Después el hombre enmascarado.
—También es verdad.
—¿Podéis darme algún informe sobre ese enmascarado señor de Beausire?
El antiguo exento miró a Cagliostro con tal fijeza, que sus ojos parecÃan encenderse en la oscuridad.
—Pero —dijo—, ¿no es verdad que?…
Y se detuvo, como si temiera cometer un sacrilegio si decÃa más.
—Concluid —dijo Cagliostro.
—¿No es verdad que?…
—¡Vamos! ¿Tenéis algún nudo en la lengua, apreciable señor de Beausire? Cuidado con esto, porque los nudos de la lengua se producen a veces en el cuello, y como entonces son corredizos, ofrecen más peligro.
—Pero al fin —replicó Beausire, acosado en sus últimos atrincheramientos, ¿no es el señor?…
—¿El señor qué?
—El señor… el hermano del Rey.