La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —A fe mÃa —replicó Beausire—, os confieso, señor Conde, que en este momento tengo la cabeza un poco aturdida, y a la verdad, creo que los dos ganarÃamos si tuvierais a bien interrogarme.
—Sea —contestó Cagliostro—, soy buen prÃncipe, y con tal que llegue a saber lo que deseo, poco me importa la forma. ¿Cuántos erais en las arcadas de la Plaza Real?
—Seis, incluso yo.
—Seis, incluso vos, señor de Beausire. Veamos si son los hombres que yo pienso. En primer lugar vos; esto es indudable.
Beausire exhaló un suspiro, indicando que le habrÃa sido preferible la duda.
—Me hacéis mucho honor —dijo—, al comenzar por mÃ, habiendo tan grandes personajes a mi lado.
—Amiguito observo los preceptos del Evangelio, el cual me dice: «Los primeros serán los últimos». En tal caso, estos resultarán ser naturalmente los primeros. Procedo, pues, según el Evangelio. En primer lugar vos, ¿no es as�
—Precisamente.
—Además se hallaba allà vuestro amigo Tourcaty, ¿no es cierto?
—Sà —contestó Beausire—, allà estaba Tourcaty.