La Condesa de Charny

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—¡Ah! —exclamó Cagliostro deteniéndose de improviso, de tal modo, que Beausire, que no esperaba aquella detención súbita, le tocó con el vientre en la espalda—, mirad aquí una tumba fresca; es la de vuestro cofrade Fleur-d’Epine, uno de los asesinos del panadero Francisco. Ya sabéis que lo ahorcaron ocho días hace, por decreto del Châtelet, y esto debe interesaros, señor de Beausire, pues era, como vos, un antiguo sargento y un verdadero reclutador.

Los dientes de Beausire castañetearon; parecíale que las zarzas entre las cuales andaba, eran otras tantas manos ganchudas que salían de la tierra para cogerle de las piernas, a fin de hacerle comprender que el destino había señalado aquel lugar para que durmiera en el sueño eterno.

—¡Ah! —exclamó de pronto Cagliostro, deteniéndose cerca de una especie de ruina—, ya hemos llegado.

Y sentándose sobre un resto de aquella, indicó a Beausire una piedra que estaba junto a él.

Ya era hora, pues las piernas del antiguo exento vacilaban de tal manera, que más bien que sentarse se dejó caer sobre la piedra.

—Vamos, ya que ahora podemos hablar cómodamente sin que nadie nos oiga —dijo Cagliostro—, explicadme lo que ha pasado esta noche bajo las arcadas de la Plaza Real. La sesión debió ser interesante.


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