La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —SÃ, seguramente que no faltan cerrajeros en Francia, pero no como tú.
—Eso es lo que manifesté al maestro, señor, cuando me presenté en su casa de parte vuestra —interrumpió el aprendiz—; yo le dije: «Sabréis, maestro, que el Rey se dispone a construir una cerradura secreta; necesitaba un auxiliar, le hablaron de mÃ, y me admitió, lo cual no es poco honor…; pero el trabajo que hace es muy delicado. Respecto a la cerradura, todo se hizo bien mientras que tan solo se trató del paño, del palastro y de los gatillos, pues todos saben que tres de estos, de forma de cola de golondrina en el reborde, bastan para sujetar sólidamente el paño al palastro; pero cuando fue cuestión del pestillo, el obrero se vio apurado…».
—Ya lo creo —dijo Gamain—, el pestillo es el alma de la cerradura.
—Y la obra maestra en cerrajerÃa cuando está bien hecha —dijo el aprendiz—, pero hay pestillo de pestillo: le tenemos firme, de báscula, para impulsar la media vuelta, y de piñón. Pues bien, supongamos ahora una llave perforada cuyo paletón esté dividido por una plancha con su canal, un repliegue sencillo y otro doble por dentro, y dos ruedecillas provistas de un falce inclinado en el interior, ¿qué pestillo se necesitarÃa para esta llave? He aquà dónde nos hemos detenido…