La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—Sí, mi querido Luis —contestó el Rey.

—¡Ah!, eso es, mi querido Luis, y bien claro —murmuró Gamain…— mi querido Luis a un conocido de quince días, a un obrero, a un aprendiz… ¿Pues qué me dirán a mí, que os he puesto la lima en la mano; a mi, que soy vuestro maestro? ¡He aquí lo que es tener la lengua dorada y las manos blancas!

—Yo te diré: «Mi buen Gamain»; a este joven le llamo mi querido Luis, no porque se exprese con más elegancia que tú, lo haces, pues ya sabes que yo no soy muy dado a todas esas delicadezas; le llamo de este modo porque ha encontrado el medio de traerte a mi lado, amigo mío, cuando me aseguraban que no querías verme más.

—¡Oh!, no era yo quien no quería veros, pues al fin y al cabo, a pesar de vuestros defectos, bien sabéis que os amo; era mi esposa, la señora Gamain, la cual me repetía a cada momento: «Tienes conocidos que no te convienen, Gamain, en demasía encumbrados para ti, y en el tiempo que corremos es peligroso hablar con los aristócratas. Tenemos alguna hacienda, y es preciso cuidarse de ella; tenemos hijos que deben educarse, y si el Delfín quiere aprender la cerrajería a su vez, que se dirija a otros del oficio, pues no hay pocos en Francia».

Luis XVI miró al aprendiz, y ahogando un suspiro, tanto de burla como de melancolía, contestó:


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