La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—A fe mía, señor, habéis podido reconocer en Versalles que no era muy conveniente contarse entre vuestros amigos. Yo he visto rizar junto a mí, al mismo señor Leonardo, en la taberna del puente de Sevres, dos cabezas de guardias, que hacían una mueca muy fea, por haberse hallado en vuestras antecámaras en el momento en que vuestros buenos amigos de París os hacían una visita.

La frente del Rey se nubló, mientras que el aprendiz bajaba la cabeza.

—Pero —continuó Gamain—, dicen que esto va mejor desde que habéis vuelto a París, y que ahora hacéis lo que os place con el pueblo. ¡Oh!, ¡pardiez!, no es extraño, ¡porque vuestros parisienses son tan estúpidos, y la Reina tan cariñosa cuando le place!

Luis XVI no contestó nada, pero un ligero rubor coloreó sus mejillas.

En cuanto al joven, hubiérase dicho que le hacían sufrir las familiaridades que el maestro Gamain se permitía.

Después de enjugar su frente bañada en sudor con un pañuelo demasiado fino tal vez para un aprendiz de cerrajero, se acercó.

—Señor —dijo—, ¿permite Vuestra Majestad que lo diga, cómo ha tenido el maestro Gamain el honor de presentarse ante el Rey, y cómo me encuentro yo a su lado?


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